Carta abierta de un emigrante a quien aún está en Venezuela

Miro a mi bebé aún dormido. Yo tomo mate y miro las noticias locales, muestran el horror y la barbarie de lo que pasa en mi país. Acá, el ruido de fondo son autos y alguna máquina y obreros de un edificio en construcción cercano. Me pregunto, ¿cuál será tu ruido hoy? ¿Serán detonaciones, serán gritos, quizás el sonido inconfundible de la madera quemándose en una barricada?

Probablemente sientas que entre tú y yo hay una diferencia de miles de kilómetros -reales y emocionales-, pero quiero que sepas que es más lo que nos une que lo que nos separa.

Yo estoy acá, lejos, y he visto partir de el mundo terrenal a muchos de mi seres más queridos, sin tener la posibilidad económica o familiar de acompañar a mis familiares en aquel duro momento. No pude abrazar a mi abuelo por última vez. No pude ver agonizar a mi padrino, decirle cuánto lo amaba y lo amo. No pude ver la realidad de la precariedad en la que se encuentra el sistema de salud de mi país. Emigré hace seis años -recién cumplidos-, y no sé lo que es hacer cola para comprar comida, medicamentos o artículos básicos. No sé lo que es ver los noticieros y encontrar mundos de fantasía. Cuando yo vivía allí, aún había retazos de libertad.

Tú, que aún sigues allí ya sea porque quieres o porque no has podido irte, primero entérate que tienes mi más profunda y absoluta admiración. Porque sé que, a pesar de todo, posiblemente confiaste más que yo en mi país. Y te veo luchar y siento que no me cabe el orgullo en el pecho. Luchas como médico, haciendo magia para sanar ante tanta carencia. Luchas como maestro, tratando de salvar a cada generación que pasa por tus manos -mención especial a mi mamá-. Luchas como comerciante, porque aún apuestas a tu país, inviertes tus pocos ahorros y crees que un día vamos a estar mejor -mención especial a mi papá-. Luchas como madre, para que en la memoria de tus hijos no perdure tanta miseria, que seguramente tú no viviste a su edad. Luchas como taxista, como obrero, como trabajador. Luchas aguantando miles de injusticias, porque trabajas para el sistema aunque no estés ni un poco de acuerdo con todo lo que hacen.

Pero tú, que luchas en las calles, yo te juro por esos dos hombres que vi partir desde lejos, que lo que siento por ti no puedo describirlo con palabras así de fácil. Siento admiración, ganas de acompañarte. Me inspiras a superar cualquier mínimo problema al que me enfrente aquí, en mi nueva casa. Tú, que te arriesgas todos los días, cada minuto, a perder la vida y ser un héroe más. Tú, que te tapas la cara pero no el corazón ni el alma. Tú, que vas a marchar pero le das un poco de tu comida a un niño que vive en la calle. Tú, a quien nadie te pidió que estuvieras ahí pero igual estás, y te sientes honrado y satisfecho cada vez que regresas a tu casa -que no es poca cosa-.

No me juzgues si mi vida se muestra en redes sociales más feliz que la tuya. Yo llevo mi dolor, lo sufro y lo cargo como una cruz. Yo no duermo pensando en que mañana leeré un periódico y tú serás uno más de la lista negra. Yo, que no voy a misa cada domingo, a veces rezo por ti. Le pido a Dios que no seas uno más, que no haya uno más.

Con cada palabra se va una lágrima.

Mi bebé se despertó, está sentado conmigo viéndome y acompañándome al escribir estas líneas. Me ve llorar. Yo sé que él, con sus casi dos años, sabe que una parte de la cabeza y del corazón de mamá está con Venezuela. Con ese tricolor con estrellas que él ya reconoce y dice "mamá" al verlo.

Y a ti, que estás allá, ten mi palabra de que le enseñaré tu cara en las fotos de los libros de historia, de los portales de esta época, porque para mi y para él eres un héroe.

Que Dios te bendiga, te cuide y que tu lucha pronto tenga su recompensa.



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